lunes, 5 de mayo de 2014

URUGUAYOS EN BRASIL, OPUESTOS QUE SE ATRAEN

Cualquiera que eche un vistazo a los libros de historia podría imaginar perfectamente que brasileños y uruguayos tienen motivos para la discordia. Al fin y al cabo, en 1828, cuando el pequeño territorio de 176.000 km2 del Cono Sur finalizó su proceso de independencia, lo hizo tras escapar de la ocupación de Brasil, que poco antes, en 1822, se había independizado a su vez de Portugal. Entre 1817 y 1825, el actual Uruguay fue, formalmente, territorio brasileño: la “Provincia Cisplatina”.

Además de la agitada relación geopolítica, si nos centramos específicamente en la historia del fútbol las razones de la discordia quedan aún más claras. ¿Qué iban a sentir si no los brasileños respecto al país que les infringió el revés más doloroso de su historia, una derrota que incluso adquirió un sobrenombre famoso, el Maracanazo?

Sin embargo, por mucho que la historia entre Brasil y Uruguay esté llena de capítulos de rivalidad y tensión, insiste en inclinarse hacia la admiración y la amistad. Así, dos países que en principio lo tendrían todo para detestarse dentro del campo son sencillamente incapaces de hacerlo.

Y así ha sido desde el pitido final de aquel 16 de julio de 1950 en el Maracaná. “Yo lloraba más que los brasileros, porque me dio pena ver cómo sufrían. Fue como si llorase por ellos”, confesaría el uruguayo Juan Schiaffino, autor del primer gol en el 1-2 que decidió el título mundial. “Todavía en el campo, cuando esperábamos a que nos entregasen la copa, tuve el impulso de correr hacia el vestuario. Estábamos todos muy emocionados”.

Es como si el hecho de haber compartido una de las mayores manifestaciones de emoción colectiva de la historia hubiese creado un lazo inextricable entre Brasil y Uruguay. No puede ser una mera coincidencia que tantos y tantos charrúas no solo hayan cruzado la frontera y triunfado en el fútbol brasileño, sino que se convirtiesen también en auténticos símbolos de los clubes en los que han jugado.

Cuatricolor


Y, a ese respecto, no existe mejor ejemplo que el São Paulo Futebol Clube, cuya historia está tan ligada a astros uruguayos (sobre todo a cuatro de ellos) que en 2012 presentó una camiseta conmemorativa en la que combinaba el rojo, el blanco y el negro del Tricolor Paulista con el azul celeste de la selección uruguaya. Hasta hay un libro entero dedicado a ese fenómeno: Tricolor Celeste, de Luís Augusto Símon.


Se entenderá pues por qué el São Paulo ya no ha desistido nunca de intentar incorporar uruguayos. El siguiente fue Darío Pereyra, que llegó en 1977. Era otro de los componentes del equipazo confeccionado por el Nacional de Montevideo y, como Rocha y Forlán, nacido para ganar. En un país pequeño como Uruguay es así: los mejores están llamados a disputar títulos, y se marchan con la mentalidad que tenía Darío cuando participó, de inmediato, en la conquista de la primera liga brasileña de la historia del club.
“No entendí hasta más tarde lo difícil que era ganar un título en Brasil. El de 1977 era la primera liga nacional del São Paulo, y la segunda tardaría casi diez años en llegar”, cuenta el central, quien permaneció en el club once temporadas. Ganó también el torneo de 1986, y extendió el puente uruguayo de la entidad hasta la siguiente estrella: Diego Lugano, que gracias a la famosa “raza” se convirtió en uno de los símbolos del año 2005, marcado por los triunfos en la Copa Libertadores y la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. “Me gusta que me llamen caudillo. En el fútbol se gana con carácter. Yo soy así”.
“No entendí hasta más tarde lo difícil que era ganar un título en Brasil. El de 1977 era la primera liga nacional del São Paulo, y la segunda tardaría casi diez años en llegar”, cuenta el central, quien permaneció en el club once temporadas. Ganó también el torneo de 1986, y extendió el puente uruguayo de la entidad hasta la siguiente estrella: Diego Lugano, que gracias a la famosa “raza” se convirtió en uno de los símbolos del año 2005, marcado por los triunfos en la Copa Libertadores y la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. “Me gusta que me llamen caudillo. En el fútbol se gana con carácter. Yo soy así”.
Esa misma aura acompañó a Sebastián “El Loco” Abreu cuando recaló en el Botafogo en 2010, después de haber recorrido el mundo, y se convirtió en una locura recíproca en la final del Campeonato Carioca de aquel año, cuando hizo honor a su apodo al lanzar el penal decisivo contra el Flamengo picando magistralmente el esférico por el centro mismo del arco: otro uruguayo alcanzaba así la condición de mito en Brasil. “La mayor felicidad que tuve durante esa etapa mía fue ver el muro que hay frente a la sede del Botafogo con mi rostro”, contó Abreu entonces a FIFA.com. “Todas aquellas estrellas y yo allí, de intruso”.
Pero no era ningún intruso. La historia de Abreu es solo un capítulo más, ahora ya casi esperado, de esta relación que funciona de maravilla desde hace tanto tiempo, tal vez precisamente por ser de opuestos: el grande y el pequeño, el virtuoso y el aguerrido.
Esa misma aura acompañó a Sebastián “El Loco” Abreu cuando recaló en el Botafogo en 2010, después de haber recorrido el mundo, y se convirtió en una locura recíproca en la final del Campeonato Carioca de aquel año, cuando hizo honor a su apodo al lanzar el penal decisivo contra el Flamengo picando magistralmente el esférico por el centro mismo del arco: otro uruguayo alcanzaba así la condición de mito en Brasil. “La mayor felicidad que tuve durante esa etapa mía fue ver el muro que hay frente a la sede del Botafogo con mi rostro”, contó Abreu entonces a FIFA.com. “Todas aquellas estrellas y yo allí, de intruso”.
Pero no era ningún intruso. La historia de Abreu es solo un capítulo más, ahora ya casi esperado, de esta relación que funciona de maravilla desde hace tanto tiempo, tal vez precisamente por ser de opuestos: el grande y el pequeño, el virtuoso y el aguerrido.
Pero no era ningún intruso. La historia de Abreu es solo un capítulo más, ahora ya casi esperado, de esta relación que funciona de maravilla desde hace tanto tiempo, tal vez precisamente por ser de opuestos: el grande y el pequeño, el virtuoso y el aguerrido.





La relación empezó con dos fichajes procedentes del gran Peñarol de principios de la década de 1970 (y del que también saldría el arquero Ladislao Mazurkiewicz para incorporarse al Atlético Mineiro): Pedro Rocha y Pablo Forlán. Rocha era un mediapunta inteligente, preciso en los pases, de los que controlan el ritmo del partido. Según el propio Pelé, uno de los cinco mejores futbolistas que haya visto nunca. El Verdugo encontró en Brasil el escenario ideal para desplegar su fútbol. Como él mismo dijo el día de su presentación: “Brasil es el país donde se practica el mejor fútbol, y espero demostrar que el club ha hecho un gran negocio con mi contratación”.

Y vaya si lo haría. Después de años de travesía por el desierto en la cancha, mientras concentraba su presupuesto en construir el estadio de Morumbi, el São Paulo de Pedro Rocha y Pablo Forlán volvió a ser un grande. Justo antes de la llegada de Rocha, había terminado con una sequía de 13 años sin títulos, en 1970. Y, con los dos, fue campeón de São Paulo en 1971 y 1975 y encadenó secuencias como la de 47 encuentros invicto de 1974.

Pedro Rocha era el cerebro que hacía funcionar a aquel equipo, en tanto que su compatriota Forlán asumía las funciones de corazón, pulmón, hígado, riñón y cualquiera que fuese precisa. El lateral derecho tenía un buen toque de balón, pero no necesitaba exhibirlo para ganarse la devoción del público: bastaba con ver el empeño que ponía en correr de un lado a otro, pelear por la pelota e incluso emplearse con contundencia si la situación lo requería. Todos reconocían lo que en Brasil se acabaría convirtiendo en una frase hecha: “la raza uruguaya”. “El mayor orgullo de mi vida fue cuando Henri Aidar [entonces presidente del club] dijo que la historia del São Paulo se dividía entre antes y después de Forlán. Aún hoy sigo pensando si hice bien al irme”.

Ya una costumbre


¿Ganar con carácter? Preguntemos a cualquier seguidor del Grêmio si eso fue lo que hizo por su equipo Hugo de León. No hace falta indagar mucho: es suficiente con ver la foto del capitán del equipo levantando la primera Copa Libertadores del club, en 1983, tras vencer al Peñarol. Por su rostro corría sangre: la suya propia. Nadie sabe bien cómo ocurrió: hay quien dice que, al alzar el trofeo, el central nacido en Rivera (una ciudad separada de Brasil, literalmente, por una pequeña calle) se golpeó en la cabeza. No importa. La imagen reforzó la fama de De León y no hizo sino aumentar su aura particular, y la de los uruguayos en el fútbol brasileño en general. En aquella época, estaban representados también bajo los tres palos, con Rodolfo Rodríguez, toda una figura del Santos.


El plantel uruguayo probablemente tenga un sabor local en Brasil 2014, con las presencias de Álvaro Pereira, volante del San Pablo, y Nicolás Lodeiro, engancha del Botafogo. Pero quizás todo el plantel Celeste esté rodeado de un aura particular: al fin y al cabo, gran parte de la historia futbolística charrúa tiene algo más que un toque brasileño…

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